Le pregunté a ChatGPT cuál era mi cronotipo y resulta que soy una loba introvertida. Alguno haría la broma fácil. Yo he preferido dejarla pasar.
Al parecer, eso explicaría por qué levantarme por la mañana me cuesta tanto y por qué mi “rutina ideal” incluiría luz blanca intensa, sentadillas nada más despertar, duchas frías y retrasar el café.
Además, me recomienda no tomar decisiones importantes por la mañana, lo cual está muy bien, teniendo en cuenta que a esas horas ejerzo de anestesista.
Bien. Si siguiera todo eso al pie de la letra, hoy no estaría escribiendo este boletín. Estaría con un dolor de cabeza monumental, una contractura lumbar de campeonato —probablemente llamando a mi exmarido, eminente cirujano de columna, cosa que prefiero evitar a toda costa— o con un infarto de miocardio debido a la ducha fría.
Así que he decidido dejar a mi loba introvertida tranquilita, antes de cargármela definitivamente, y seguir con mis rituales matutinos de siempre: luz tenue, ducha calentita, movimientos lentos y media cafetera (la otra media se la dejo a mi marido, que al parecer es un león matutino; quizá por eso me cae mejor por las tardes…).
Skincare coreano, un poco de maquillaje —con la cara lavada no salgo ni al descansillo, no me lo permite mi religión—, vestirme rápido y salir de casa mal peinada (ventajas de llevar gorrito en el quirófano todo el día), con medio litro de café en el cuerpo y, por supuesto, mi DeChavarri.
Mi bolso es lo único que realmente me hace sentir como una auténtica loba: con confianza, buena actitud y una mente razonablemente positiva.
Pero no me hables mucho si me encuentras.
Soy una loba introvertida. Eso sí, con un DeChavarri al hombro.